En el siglo XIX, algunas comunidades religiosas de EE UU, como los
cuáqueros, decidieron que no invertirían sus ahorros en aquellos proyectos que
estuvieran vinculados a la esclavitud y el alcohol. Acababa de nacer lo que hoy
se conoce como inversiones socialmente responsables, idea en la que se basan los
llamados fondos éticos, solidarios y ecológicos.
Estos productos financieros son definidos por Josep M. Lozano, en un reciente
estudio de la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas (ESADE),
como aquellos fondos que "introducen, explícitamente, criterios de preselección
en las actuaciones empresariales a partir de valores éticos y de responsabilidad
social y medioambiental". Se trata, pues, de fondos de inversión que suman un
componente de conciencia al interés económico.
En EE UU se empezó a hablar de inversiones responsables en la década de los
sesenta, cuando un grupo de universitarios se cuestionó la conveniencia de
financiar, a través de sus inversiones, la Guerra de Vietnam. Así surgió, en 1971,
el primer fondo ético moderno, Pax World Fund, que excluía de sus operaciones
todas aquellas empresas relacionadas con la industria bélica. Tres décadas
después, los fondos responsables norteamericanos manejan 25 billones de pesetas
repartidos entre 175 productos diferentes. En Gran Bretaña -otro país con
tradición en este tipo de inversiones- un total de 54 fondos gestionan algo más
de un billón de pesetas.
En los treinta años transcurridos, las inversiones responsables se han
asentado y definido en el mundo anglosajón, desde donde se están extendiendo al
resto del planeta. Hoy podemos encontrarlos en una quincena de estados
desarrollados. En Europa, Reino Unido encabeza la clasificación, seguido por
Suecia, con 42 fondos, y Suiza, con 22.
España está situada en el cuarto lugar de este ránking, por delante de Francia
y Bélgica. Aquí vieron la luz en 1997, con el Ahorro Corporación Arcoiris, aunque
no fue hasta 1999 cuando desembarcaron la gran mayoría de los 15 títulos
disponibles en el mercado, que en la actualidad atesoran un patrimonio de 17.590
millones de pesetas.
Responsabilizar la inversión
Para garantizar que los fondos éticos actúan realmente de una forma ética,
acostumbran a incorporar una serie de elementos que los identifican y que
condicionan su actividad: criterios de selección -positivos o negativos- de los
valores de la cartera, una comisión de control independiente y equipos de
investigación ética.
Los criterios positivos son, por ejemplo, que las empresas apliquen criterios
de desarrollo sostenible, que den a conocer sus actividades y se sometan a
auditorías públicas, que fomenten la inserción laboral de jóvenes y mujeres...
Los criterios negativos, más definitorios, pueden excluir las industrias
nucleares, tabaqueras, aquellas que experimenten con animales vivos... Cada fondo
responde a las preferencias de sus partícipes y suele combinar tanto criterios
positivos como negativos.
La comisión de control no siempre está contemplada por el reglamento del
fondo. Se encarga de verificar que las inversiones realizadas son coherentes con
los criterios establecidos previamente y son, por lo tanto, un aval para los
partícipes. Sus miembros son expertos independientes del ámbito docente, de la
ética empresarial, representantes de ONG... Normalmente no reciben remuneración
alguna por su labor.
Los equipos de investigación ética, finalmente, pueden estar integrados en las
propias gestoras o ser externos a ella; de hecho, hay gabinetes especializados en
la investigación ético-empresarial de las compañías presentes en los mercados de
valores, como el británico EIRIS. Su misión es elaborar informes sobre las
empresas que actúan -o dicen actuar- según los criterios establecidos por cada
fondo y que son susceptibles de recibir las inversiones.
Fondos solidarios
En España el sector está autorregulado por una circular de la Comisión Ética
de INVERCO (entidad que agrupa a las instituciones de inversión colectiva, fondos
de pensiones y sociedades gestoras) con fecha de noviembre de 1999. El ente
regulador público, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), la valoró
positivamente. En ella, además de los fondos éticos y ecológicos, aparece una
particularidad española: los fondos solidarios.
Un fondo solidario, según INVERCO, es aquel en que "la Sociedad Gestora cede
una parte de la comisión de gestión a determinadas entidades benéficas o no
gubernamentales", pero sin necesidad de cumplir con los criterios de selección
-ni con las prácticas, por lo tanto- que caracterizan a los fondos éticos.
De este modo, un fondo responsable español puede ser ético, ecológico o que
incida en aspectos sociales y, simultáneamente, ser solidario, al combinar ambos
tipos. Siguiendo esta clasificación, de los 15 fondos españoles, siete son éticos
y solidarios, cinco son ecológicos y tres son solidarios. En ellos invierten casi
6.000 partícipes.
Por volumen patrimonial, el Fondo Solidario ProUNICEF, con 3.162 millones de
pesetas, es el primero de la lista, seguido por el Foncaixa Cooperación, con
2.278 millones, y el BCH Solidaridad, con 1.970 millones. En el otro extremo de
la escala tenemos el Caixa Catalunya Solidari, con 526 millones.
Por rentabilidad, desde la fecha de su constitución, el líder indiscutible es
el BBVA Solidaridad, con un 20,67%; le siguen Foncaixa Cooperación, con el 10,20%,
y el Fondo Solidario ProUNICEF, con 8,89%; el veterano Ahorro Corporación Arco
Iris, en cambio, acumula un resultado negativo del -3,9%.
¿Tienen futuro?
Las cantidades invertidas en fondos responsables no son significativas sobre
el total de las inversiones financieras -en España sólo suponen un 0,06% del
capital que mueven los fondos de inversión- y la desconfianza y el desconocimiento
priman sobre unos productos todavía sin asentar. No obstante, el mundo anglosajón
revela una fuerte tendencia al alza: en EE UU, entre 1995 y 1999, el número de
fondos se multiplicó por tres y el capital invertido por 12.
En los mercados angloparlantes, los productos financieros éticos están
bastante asentados y presentan gran diversificación y variedad. Tanto en el
parqué neoyorkino como en el londinense existen índices de referencia que los
aglutinan. EE UU marcó la pauta en 1990 con la aprición del Domini Social Index
400 -creado por KLD, una pionera agencia de investigación ética-, que recoge 400
empresas sometidas a un profundo análisis en el plano social. Por su parte, Reino
Unido ha visto nacer su propio índice, el FTSE4 Good, muy recientemente.
Este auge coincide con la emergencia de un sector de la ciudadanía, vinculado
a colectivos sociales y solidarios, con un perfil inversor particular. Los
estudios realizados entre los partícipes de los fondos indican que éstos tienen
un alto grado de fidelidad y que no buscan tanto la rentabilidad de la inversión
como sus valores añadidos, los éticos, imposibles de cuantificar. En Gran Bretaña,
en 1993, una encuesta entre los propietarios de NM Conscience Fund reveló que el
87% se había suscrito a raíz de la política inversora y sólo un 7% lo había hecho
por el rendimiento.
Ahora bien, en cuanto a rendimiento, no tienen nada que envidiar. En EE UU,
comparando la rentabilidad a 10 años del índice Domini Social Index 400 con el
índice Standard & Poor's 500, el resultado es favorable al primero por 15,57% a
14,44%.
Y, ciertamente, no hay nada extraño en ello. Hay que tener en cuenta que,
desde una perspectiva a largo plazo, las inversiones responsables no deben
afrontar externalidades negativas -sociales, ambientales o de otro tipo- que
pueden penalizar los resultados de las carteras.
Gabinetes de investigación ética: el caso de EIRIS
Al abrigo del éxito de los fondos de inversión responsables han surgido un
grupo de entidades especializadas en investigar la actuación de las empresas
presentes en los mercados bursátiles. Bucean en memorias, informes, recortes de
prensa, Internet, documentos jurídicos y otras fuentes de información -sin
exceptuar el diálogo directo con las compañías analizadas- para conocer sus
prácticas y facilitar la información obtenida a sus clientes. Éstos, ya sean
inversores particulares o instituciones de inversión colectiva, la utilizan para
saber dónde deben colocar sus dineros.
El gabinete de investigación ética más importante de Europa es el Ethical
Investment Research and Information Service (EIRIS), una organización británica
sin ánimo de lucro nacida en 1983 desde algunas iglesias y entidades benéficas.
Entre sus clientes podemos encontrar entidades del prestigio de Axa Sun Life,
Goldman Sachs, JP Morgan Investment, Merril Lynch, el Ministerio de Finanzas
noruego... Para ellos EIRIS analiza 2.000 empresas de todo el mundo.
En sus análisis, EIRIS ha establecido, en 40 áreas de actividad diferentes, un
total de 350 indicadores sociales y medioambientales. Abarcan aspectos tan
dispares como los salarios de los ejecutivos, la financiación de partidos
políticos, el juego, la pornografía, la producción de sustancias contaminantes,
el trabajo en favor del Tercer Mundo, la participación sindical... Estos
indicadores varían según cambian los contextos. En Suráfrica, por ejemplo, hoy en
día priman criterios que demuestren una política de integración social y laboral
para la población negra, mientras que durante la época del Apartheid se
fomentaban las campañas de boicot contra la minoría blanca dominante y racista.
Los indicadores en ningún momento saltan el umbral subjetivo de lo que se
puede considerar ético y lo que no; simplemente reflejan actuaciones empresariales
objetivas para que sean los propios inversores los que decidan si éstas se ajustan
a sus propios valores y principios. En este sentido, el campo de trabajo está más
desarrollado en el ámbito ecológico, existiendo una mayor tradición y unos
parámetros más claros.
En España
La mayoría de los fondos éticos españoles cuentan con un equipo de investigación
ética y de responsabilidad social de la empresa. En cuatro de ellos hay un
gabinete de investigación externo, como en los del BSCH, asesorados por el del
Instituto Universitario de Desarrollo y Cooperación de la Universidad Complutense
de Madrid; en otros tres, como el caso del fondo de La Caixa, un equipo de
investigación interno, de la propia gestora, desempeña la función.
Diálogo constructivo
Una práctica sumamente interesante, nacida en EEUU y en proceso de expansión
al resto de los mercados, consiste en el llamado diálogo constructivo. Se trata
de dar un paso más en la línea de fomentar las actitudes económicamente
responsables y no se limita a discriminar entre unas empresas u otras a la hora
de invertir. Así, cuando la directiva de una empresa toma decisiones contrarias a
los criterios de un fondo que practique el diálogo constructivo, éste no sólo
retira la inversión, sino que abre canales de comunicación entre los accionistas
de la compañía para discutir la nueva política empresarial y, en lo posible,
corregirla.
La opinión de los accionistas -que tienen voz y voto en las juntas generales
en función del número de participaciones que posean- adquiere una mayor relevancia
y se torna en un aspecto fundamental de la vida societaria. En EEUU, en la
actualidad, cientos de resoluciones sobre la práctica empresarial son presentadas
anualmente por los accionistas, influyendo de este modo en las estrategias
utilizadas para generar valor.
Esta presión, combinada habitualmente con campañas de información pública,
fomenta la adopción de códigos de conducta por parte de las empresas.
Recientemente, algunas de las grandes multinacionales petrolíferas (Chevron,
Texaco, BP Amoco, Shell...) han decidido modificar sus prácticas para eliminar
los abusos que las fuerzas de seguridad que protegen sus instalaciones del Tercer
Mundo cometen contra las poblaciones que las circundan. La iniciativa, impulsada
por colectivos de defensa de los Derechos Humanos, contó con el apoyo del
Departamento de Estado de EE UU y del Ministerio de Asuntos Exteriores británico.
Tomás Díaz
|