Iraq sin vías de salida Jesús A. Núñez Villaverde
Jesús A. Núñez Villaverde - Director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid).
Cuando ya todas las señales de alarma se han disparado, dibujando un panorama que parece absolutamente descontrolado, el gobierno de Bush se empeña ahora en modificar el tono de su discurso, llamando a la cooperación y a la conveniencia de convocar una conferencia internacional que permita reconducir la situación. Una situación caracterizada a grandes rasgos por una paralización del proceso de reconstrucción política y económica y por un significativo incremento de la violencia. Los grupos de insurgentes, entremezclados con elementos terroristas, se sienten ya con fuerza suficiente para ampliar su radio de acción fuera de sus reductos iniciales (Faluya, Nayaf, Ramadi…), trasladando a la propia capital y a otras zonas del país la resistencia sistemática contra las fuerzas extranjeras y los colaboracionistas del gobierno de Ayad Alaui.
Si bien sigue siendo cierto que, en términos militares, las tropas de EEUU y sus cada vez más preocupados aliados no están en peligro de ser derrotadas, también lo es, como nos enseña la experiencia de otras guerras asimétricas, que el débil puede hacer insostenible la posición del fuerte, hasta obligarle a desistir de sus objetivos iniciales y a plantearse la idea de la retirada (muy alejada, en principio, de la mente de los planificadores estadounidenses). Las matanzas y secuestros diarios, con una media de 200 acciones violentas en distintos puntos de Iraq, cuestionan radicalmente la estrategia adoptada por Washington. Cuando además se insiste, con razón, que sin un mejor clima de seguridad es imposible imaginar que se puedan celebrar elecciones en el próximo mes de enero, pieza fundamental del proceso de devolución de la soberanía a los iraquíes, o que se pueda encarar un esfuerzo sostenido para reconstruir las estructuras económicas y productivas del país (altos responsables iraquíes del sector petrolífero acaban de confirmar que Iraq no logrará, en ningún caso, alcanzar un pleno rendimiento de su potencial extractivo antes de 2010) el balance no puede ser más que negativo.
Ante esta situación cabe imaginar diferentes salidas. La primera de ellas nos llevaría a una inmediata retirada de las fuerzas multinacionales, dejando en manos de los débiles gobernantes iraquíes actuales la normalización del país. Ni Alaui ni el resto del gabinete tienen suficiente legitimidad para confiar en sus propios poderes, al margen de que los instrumentos de fuerza con los que cuentan actualmente (Guardia Nacional principalmente) para hacer frente a sus opositores no le auguran en ningún caso la victoria. Por otro lado, una retirada a corto plazo sería interpretada, incuestionablemente, como una victoria de los violentos y un refuerzo para la estrategia de Al Qaeda y sus aliados. Ésta es la paradoja con la que nos toca vivir: a pesar de las evidentes críticas que merece la aventura de Bush, una retirada sería, ahora mismo, una mala noticia para el mundo. Al margen de la deplorable situación en la que quedarían millones de iraquíes, sería interpretada por los violentos como una victoria que inflamaría aún más los incendiarios discursos de quienes pretenden expandir el terror a escala planetaria.
Otra alternativa a contemplar pasa por recuperar la senda del verdadero multilateralismo, muy alejado de la situación actual de dictado estadounidense en lo que concierne a esta crisis. La ONU es, tiene que ser, la referencia obligada, tanto en el terreno de la coordinación económica como en materia de seguridad, para aunar voluntades políticas y recursos en la ingente tarea de corregir los errores cometidos y posibilitar la emergencia de un Iraq que pueda aspirar a un futuro mejor. El reciente discurso del presidente Bush ante su Asamblea General sólo puede ser calificado precisamente de eso: un mero discurso, más dirigido a sus inminentes votantes, que no compromete a nada y que no presenta realmente ningún cambio de estrategia. Cabe recordar que para quienes se embarcaron en la desventura de Iraq, la ONU era y es un actor irrelevante en la medida en que no avale los planteamientos del más fuerte.
Con esos antecedentes resulta difícil convencerse de la sinceridad del llamamiento a la cooperación internacional, plasmado en la idea que Washington está presentando estos días, para convocar una nueva conferencia dirigida a resolver los problemas de Iraq. Hace ahora un año que se celebraba en Madrid la conferencia internacional de donantes, con el anuncio final de más de 30.000 millones de dólares en ayudas financieras para la reconstrucción. En claro contraste con esa imagen triunfalista y falsamente internacionalista, la ministra iraquí de obras públicas denunciaba recientemente que apenas habían sido recibidos mil, de los 13.000 millones de dólares prometidos en su día para esas tareas. Igualmente el Pentágono reconoce ahora que únicamente se han gastado otros mil millones de los 18.000 prometidos por Washington. ¿Cabe imaginar ahora que, iluminados por un repentino alumbramiento místico, los donantes vayan a desembolsar realmente lo entonces anunciado tan alegremente, cuando se sienten marginados por Washington y ni siquiera Estados Unidos ha cumplido sus compromisos? Aunque existen sobradas razones para imaginar que el anuncio de la convocatoria (que se pretende desarrollar antes de las elecciones en Estados Unidos) tiene intencionalidad electoral y no puede ser vista en ningún caso como una conversión sincera de Estados Unidos al multilateralismo, no cabe despreciar la oportunidad para reclamar las condiciones mínimas que dicho encuentro debería cumplir: convocatoria de la ONU (no de EEUU), reconocimiento de su papel protagonista en todos los ámbitos de la reconstrucción (política, económica y de seguridad), participación de todos los actores políticos relevantes en Iraq (no solamente el gobierno de Alaui) y debate sobre un calendario de retirada como punto incluido en el orden del día.
En cualquier caso, aunque cabe esforzarse por reclamar el protagonismo de la ONU en la búsqueda de salidas a la crisis, no olvidemos que, paralelamente, se plantea una tercera vía. Momentáneamente atado, por imperativos electorales que hacen aconsejable evitar un incremento de las bajas propias en combate, se perciben señales suficientes que apuntan a la preparación de una amplia y potente campaña militar tras las elecciones estadounidenses del próximo 2 de noviembre. Esa tercera vía se orienta a desencadenar ataques en fuerza y sostenidos para quebrar la capacidad de actuación de los grupos violentos en Iraq, de tal modo que se puedan asegurar las elecciones de enero y consolidar así la presencia en el poder de Alaui (fiel aliado y antiguo colaborador). En resumen, empleo masivo de la fuerza militar para tratar de garantizar el objetivo último de la campaña: el control de Iraq a largo plazo. ¿Cabe alguna duda, en función de los antecedentes, de cuál es la opción preferida por Washington?
4 de octubre 2004.
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