Europa paralizada Francisco Rey Marcos - 08 de octubre de 2006
El próximo 1 de enero de 2007, la Unión Europea contará con dos nuevos países (Bulgaria y Rumania) y treinta millones de ciudadanos más; con lo que sumará 500 millones de personas y aumentará con ello su condición de ser el mayor mercado único del planeta. Y sin embargo, al mismo tiempo que ha crecido en tamaño y en número de habitantes, su papel en la escena internacional se ha empequeñecido hasta niveles irrelevantes y, aunque con algunos gestos los líderes europeos tratan de transmitir la impresión de que todo va bien y de que Europa tiene peso internacional, lo cierto es que la Unión atraviesa por una enorme crisis política y que nadie sabe muy bien cómo salir de ella. El impacto del "no" en los Países Bajos y Francia al Tratado Constitucional Europeo aún no han sido digeridos y la parálisis de la Unión es patente. En lo internacional, pareciéramos haber vuelto al final de los años ochenta y primeros de los noventa donde la Comunidad Europea de la época no fue capaz de hacer nada para prevenir la guerra que asoló la antigua Yugoslavia. En aquellos años no existía la PESC (Política Exterior y de Seguridad Común). Ahora, por lo menos nominalmente, sí. Pero poco más.
Las últimas semanas están plagadas de ejemplos que muestran esta realidad y que dejan patente la escasa capacidad de la Unión para influir sobre los grandes acontecimientos internacionales. Para muchos, el gran reto de la UE está en la participación de algunos países en la FINUL en el Líbano. Y es verdad que eso es un reto, pero sobre todo para los cuatro países que aportan tropas a la ONU y no para el conjunto de la Unión Europea. Para la Unión hubiera sido un desafío el tratar, al menos, de impedir que el ejército israelí iniciará sus actos de represalia por la captura de uno de sus soldados con la destrucción en Palestina de todas las infraestructuras que habían sido construidas con fondos europeos. Y que siguiera en Líbano con actos similares que, no sólo costaron numerosas víctimas civiles en la población libanesa, sino que han hecho volver al país varias décadas atrás. Décadas en las que la cooperación europea contribuyó a su desarrollo. El que la UE se sume ahora a los esfuerzos humanitarios y de reconstrucción está bien, pero no es ese su único ni principal papel. Lo que esperan los ciudadanos es un papel más activo en la arena política y una posición más decidida y menos alineada con Estados Unidos e Israel en la resolución del conflicto y en la construcción de una paz duradera.
En un escenario muy diferente, Darfur en Sudán, la lógica de la participación europea es, salvando las distancias, la misma. El reciente viaje Durao Barroso, Presidente de la Comisión, y del Comisario de Desarrollo y Ayuda Humanitaria, Louis Michel es, en ese sentido, muy significativo. Nulos resultados en la esfera política, con una negativa tajante del gobierno de Jartum a la presencia de tropas de la ONU o, en su caso, de la Unión Europea, y por otra parte, aumento del esfuerzo humanitario que la UE a través de ECHO (Oficina Humanitaria) y de las ONG desarrolla en la región. Una vez más, como en Croacia, como en Bosnia, como en Palestina, como en tanto lugares, se hace al menos algo para paliar los efectos de la violencia, pero se hace porque no se puede, o no se quiere actuar en las causas que la generan. Los esfuerzos de reconstrucción, la asistencia humanitaria, obviamente necesarios mientras haya gente que sufre, se convierten así, como sugería hace años el profesos de Oxford Adam Roberts, en una suerte de "diplomacia sustitutoria", en una política de mínimos, de mínimo común denominador, que tranquiliza las conciencias, pero que no es el papel de un órgano esencialmente político como la UE, del que se esperaría algo más.
Los problemas y el desprecio del gobierno de Rabat a la visita prevista por una delegación del Parlamento Europeo al Sahara Occidental esta semana, son otro dato de cómo la debilidad europea es aprovechada por muchos países como Marruecos para ningunear a las instituciones europeas.
En este contexto de debilidad y parálisis que parecen no percibir los líderes europeos, la adhesión de dos nuevos países no va a aportar nada al fortalecimiento europeo ni a la ilusión de los ciudadanos en el proyecto europeo. Las escasa esperanzas de cambios pueden venir de los procesos electorales en curso hasta llegar a las elecciones francesas en 2008. Algunas modificaciones ya se están produciendo, pero no parece que los cambios en Suecia o Austria -cambios además en sentidos opuestos- vayan a tener mucha influencia. Y la pregunta es si Europa puede esperar hasta 2008 para retomar su pulso y salir de la parálisis. Europa no se mueve, pero el mundo sí. Y a qué velocidad.
Comentarios: francisco.rey@iecah.org
Francisco Rey Marcos - Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).Texto para Radio Nederland, 6 de octubre de 2006.
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