25 de julio de 2008



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Acción Social Corporativa


El desastre después del desastre

Gustavo Oré



¿Cómo empezar a escribir este artículo y plantearlo en términos meramente informativos y objetivos? En estas horas, es una tarea imposible de cumplir para el que suscribe, por ello pido disculpas por tomarme la licencia de escribirlo en primera persona y que sea mi madre la primera en ser citada, pues al verle me dijo: “ha sido el peor momento que me ha tocado vivir, pensé que el suelo se abría”. El miedo y la angustia se apoderaron de los peruanos en aquellos dos minutos y fracción que duró el terremoto en el que el país entero pareció transformarse en un gigantesco barco navegando en un mar embravecido.

Citar cifras en estos casos resulta muy relativo y penoso, veinticuatro horas después del seísmo se informa en más de medio millar el número de personas fallecidas, aproximadamente otras mil se encuentran heridas y un número no precisado, se encuentra en calidad de desaparecidas, sin cuantificar aún las pérdidas materiales, especialmente en las ciudades de Pisco -la más afectada-, Ica y Chincha, donde miles de familias han salvado la vida, pero han perdido todo lo demás.

Lo que ha complicado la situación, ha sido todo aquello que no tiene que ver directamente con la fuerza de la naturaleza, pero que viene influyendo en la crisis que hoy vive el país. Para comenzar, muy pocos pudimos comunicarnos con nuestras familias para saber si se encontraban bien, ya que tras el fortísimo terremoto, el sistema telefónico colapsó, hasta el momento, incluso se usan los medios de comunicación (televisión, radio, Internet, etc) para saber si un familiar en otra ciudad está bien. El reclamo como consumidores hacia la empresa “Telefónica de Perú”, que se ha constituido en un monopolio, ha comenzado por parte de representantes del gobierno, quienes aún no pueden tener una comunicación fluida con sus informantes en la zona del epicentro y otros puntos del país.

Paradójicamente, empresas de transporte terrestre han empezado a cobrar el doble de la tarifa usual en la ruta Lima-Ica, arguyendo que existe libre mercado en el país y que “había aumentado la demanda” de viajeros a esta zona de desastre. La indignación de los usuarios y la población en general ha hecho retroceder en este “ejercicio de la libre competencia” a algunas de ellas. Resulta increíble hasta donde puede llegar la indolencia de algunas empresas en situaciones límites como ésta. Aunque es verdad también que otras han puesto sus buses al servicio del transporte de ayuda posteriormente al suceso, mientras empresas de otro ramo han empezado con la ayuda para los damnificados, la idea sería que ésta debería canalizarse de una forma ordenada, diligente y pronta (algo que de momento no se está haciendo).

La ayuda humanitaria internacional empieza a llegar, pero lo que no se observa es que el actual gobierno cuente con un plan adecuado de contingencias. La sociedad civil muestra voluntad de colaboración y solidaridad, sin embargo ésta no es canalizada en la formación de equipos de voluntarios. Por ende, esta gran vocación de ayuda de la gente se está limitando al donativo de ropa, alimentos, medicamentos, sangre, etc. La mayoría de damnificados aún no tienen carpas ni comida, las tareas de remoción de escombros y búsqueda de sobrevivientes se realiza de forma desorganizada y precaria, ha sido penoso ver como los heridos se encontraban hoy regados en la pista de aterrizaje del aeropuerto de una de las ciudades afectadas en pequeños colchones, a la intemperie, esperando ser evacuados; o ver que los hospitales de la región se encontraban al borde de ser desplomados y seguían atendiendo, puesto que los hospitales de campaña no se habían montado.

Estas son sólo algunas de las tantas dificultades por las que atravesamos en Perú tras el terremoto de ayer, y es que lamentablemente en un país del sur, las consecuencias devastadoras de un desastre natural tiene un efecto multiplicador lamentable, pues las infraestructuras y los sistemas colapsan con mayor facilidad. Esta es una realidad que se hizo notar incluso en uno de los estados del país más poderoso del mundo, Estados Unidos, cuando Nueva Orleáns fue castigado por la furia del Katrina. Para muchos analistas, el huracán habría tenido efectos menos graves si se hubiese producido en un Estado del norte de EE.UU.

A colación de lo anterior, sucede que aquello que se llama voluntad política (que no es otra cosa que deposición de intereses particulares del poder a favor de la mayoría aplastada por la violencia estructural) tendría que funcionar por lo menos en momentos como éste, sin embargo, la gran ineficacia que muestra la actual gestión gubernamental, sumada a gestos poco oportunos como el paseo del presidente García el día de hoy por la zona de desastre, sin mayor logística que su presencia, ha cosechado insultos y pifias, reflejando el sentir y el mensaje de la población que quizá se podría resumir en una frase, “no busques réditos políticos con nuestro dolor, mejor trabaja en un plan de contingencia serio”. Algo que parece no entienden o no quieren entender los gobernantes de turno, ni siquiera en momentos como este.

Comentarios: g_ore@yahoo.com

* Gustavo Oré – Abogado y especialista en Derechos Humanos y colaborador del IECAH.

Lima, 17 de agosto de 2007.



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