Camino equivocado contra el terrorismo internacional Jesús A. Núñez Villaverde
No es así. No puede ser así como algún día conseguiremos que el terrorismo internacional deje de constituir una seria amenaza para la humanidad. La ¿ejecución?, ¿homicidio?, ¿asesinato?, ¿o simplemente "la muerte como resultado de un desgraciado error"? de Jean Charles de Menezes muestra con rotundidad que no valen los atajos para hacer frente a un peligro tan cierto como el que suponen los terroristas de todo tipo.
Esto es algo que ya sabíamos como resultado de la larga y trágica escuela de dolor que ha supuesto el terrorismo del IRA o de ETA, por citar sólo dos ejemplos próximos. Ahora, cuando los primeros acaban de dar un paso trascendental al anunciar su abandono de las armas y cuando los segundos deben ser conscientes de la inviabilidad de su proyecto, no podemos volver a caminos que han demostrado sobradamente su efecto contraproducente. Ni episodios como el "Domingo Sangriento" (Londonderry, 1972), ni el GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación, activos a mediados de los años ochenta en España como parte de la "guerra sucia" realizada desde el aparato del Estado contra ETA) han servido para eliminar, y ni siquiera para reducir, el peligro. Por el contrario, han alimentado discursos incendiarios y respuestas igualmente violentas, en una espiral que se ha mantenido durante demasiado tiempo.
Cuando un movimiento de este tipo, y en eso coinciden tanto los ya citados como los que se engloban en el amplio término del terrorismo internacional de raíz islámica, tiene detrás un apoyo social sólido (al margen de cuál sea la vía que ha conducido a esa situación) es evidente que la lucha policial no basta para desmontar su letal carga destructiva. Nunca podremos derrotarlos a base de aumentar hasta el infinito nuestros medios de respuesta policial (ni lo soportarían nuestras economías ni nuestras sociedades), de seguir recortando el marco de los derechos y libertades fundamentales que nos definen precisamente como sociedades abiertas (tal como hace temer el anuncio del gobierno británico para el próximo septiembre de una legislación antiterrorista aún más intrusiva, como si lo ocurrido con Menezes no sirviera de llamada de atención), de olvidarnos de las causas que generan una creciente desigualdad a nivel planetario (alimentando así las opciones de que los dirigentes de estos grupos puedan encontrar mayor eco entre los que no se sienten integrados en sus comunidades de referencia), de buscar el apoyo de gobiernos indeseables (interesados únicamente en ganar nuestro aprecio y un mayor margen de maniobra para combatir a sus propios enemigos por vía represiva). Es necesario decirlo una vez más: ése no es el camino. Insistir obsesivamente en esa senda no sólo se demuestra ineficaz, sino que destruye nuestras propias señas de identidad, retrotrayéndonos a etapas que parecían ya superadas de desprecio a la vida humana como valor fundamental (el mismo desprecio que muestran, por otro lado, los terroristas en sus acciones.)
Volviendo al "error" de Menezes, el asunto clave no es dilucidar ahora si la víctima tenía o no sus papeles de residencia en regla. Aunque no los tuviera, nada puede justificar los siete disparos a la cabeza de una persona que estaba ya detenida y controlada por policías de paisano. Los mismos policías que ya habían identificado al sospechoso a la salida de un edificio igualmente sospechoso, pero que le dejaron subir a un autobús y entrar posteriormente en una estación de metro. Si entonces no se ordenó su detención y mucho menos su eliminación, ¿por qué se decidió lo contrario cuando fue finalmente detenido? Incluso en el caso de que estas preguntas tuvieran una respuesta razonable desde los planteamientos de la policía británica, lo que provoca una mayor congoja y rechazo es que, una vez más, se ha optado por un silencio informativo (pretendidamente justificado por el obligado secretismo de la investigación policial), aun a sabiendas del nefasto efecto social que siempre se deriva de un comportamiento como éste.
El corporativismo mal entendido, que trata de cubrir errores y deficientes procesos de toma de decisión, tiende a bloquear la necesaria transparencia que define a las sociedades democráticas. Por si esto no fuera suficiente, se asiste nuevamente a una reacción gubernamental y judicial que tienden asimismo a justificar estas actuaciones, dejando un mínimo resquicio a los gestos humanitarios con los familiares de las víctimas, pero sin cuestionar un modelo de lucha antiterrorista que pone el acento con demasiada fuerza en el componente policial. Se olvida conscientemente que el sistema legislativo y el judicial deben articularse, por definición, pensando en la parte débil del sistema: el ciudadano de a pie. Ese ciudadano objeto del terrorismo indiscriminado, pero que también corre el riesgo de ser el blanco erróneo de la reacción de su propio gobierno.
¿Tan ciegos están nuestros gobernantes para no entender que su modo de actuar no resulta eficaz, al concentrarse casi exclusivamente en combatir los síntomas más visibles de la amenaza, como si no hubiese causas que explican gran parte de lo que está ocurriendo?¿Tan insensibles nos hemos vuelto ya, que no hay modo de vencer nuestra pasividad ante esta deriva, creyendo (también equivocadamente) que nunca tenemos nada que temer porque somos, por definición, buenas personas, colocadas en el lado correcto de la vida y, por tanto, a salvo de los errores del sistema? ¿Tan poco hemos aprendido desde que Martin Niemüller (en un poema equivocadamente atribuido a Bertol Brecht) nos señalara con acierto que: Cuando los nazis apresaron a los socialistas, no dije nada, porque yo no era socialista. Cuando encarcelaron a los sindicalistas, no dije nada, porque tampoco era sindicalista. Cuando se llevaron a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando al fin vinieron a buscarme a mi, no había ya nadie que pudiera protestar?
Comentarios: director@iecah.org
*Jesús A. Núñez Villaverde - Director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid)Texto para Radio Nederland, 29 de julio de 2005.
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