Londres (7-J) y Madrid (11-M) bajo el prisma del terrorismo internacional Jesús A. Núñez Villaverde
Conscientes desde hace tiempo de ser un blanco terrorista apenas cabía la sorpresa, salvo en la fecha. Los injustificables atentados de Londres, como antes los de Madrid, permiten establecer comparaciones en términos de reacciones de los diferentes actores en juego que pueden ser útiles para analizar los que, desgraciadamente, le seguirán en el futuro.
Ahora, como en el 11-M, los que resaltan por su respuesta ejemplar son los ciudadanos directamente golpeados. Si en un caso la reacción fue más emotiva y abierta, en el otro ha sido, tal como parecen marcar los cánones de una sociedad británica siempre definida por su flema, más comedida, pero en ningún caso menos modélica. Sin dejarse llevar por el pánico y con la experiencia que da una larga batalla contra el terrorismo local (sea el de ETA o el del IRA), ambas sociedades han evitado el alarmismo, negando una victoria a los terroristas que buscan, precisamente, imponer un clima de terror generalizado.
No puede decirse lo mismo, en ambos casos, de otros actores. Por lo que respecta al gobierno británico sigue sorprendiendo hoy, una semana después, la política informativa adoptada. Con unos medios de comunicación convertidos en correas de transmisión de las directrices emanadas de las fuentes policiales o gubernamentales, la población no ha dispuesto de información actualizada. La idea de no entorpecer la investigación, fácilmente comprensible, y de evitar el pánico han llevado a una parquedad que no se justifica únicamente por el criterio de ofrecer información contrastada oficialmente. Se genera así más incertidumbre y, por tanto, se ofrece más espacio a la propagación de rumores desestabilizadores (recordemos el clima social que se produjo en España ante la manipulación, ahora confirmada por la comisión parlamentaria del 11-M, del gobierno de entonces.)
En esa misma línea cabe resaltar, en el lado positivo, la unión de todas las fuerzas políticas británicas alrededor de su gobierno, lo que contrasta duramente con lo ocurrido en Madrid, cuando todavía hoy algunos siguen empeñados en mantener abierta la búsqueda del "autor intelectual" del 11-M y se recurre al 7-J para seguir utilizando el terrorismo como instrumento de lucha partidista. ¿Tan poco hemos aprendido después de tantos años de ETA y, ahora, de Al Qaeda y afines?
Esta unión, sin embargo, no oculta que la reacción gubernamental británica genera frustración. Un sentimiento originado por un discurso que apunta a más de lo mismo. Empeñarse en ver los atentados como un ataque ciego a nuestros valores y sistemas de vida, sin ir más allá, apunta al mantenimiento del rumbo en la mal llamada "guerra contra el terror". Un rumbo que prefigura más restricciones a la libertad en nombre de la seguridad; más énfasis en los instrumentos militares como respuesta; más obsesión por combatir los síntomas, olvidando las causas que la alimentan; más empeño en no reconocer errores (tanto el que afecta a Iraq hoy como el que se deriva del apoyo tradicional a gobernantes árabo-musulmanes absolutamente impresentables). Los responsables de esta barbarie son, sin duda alguna, los propios terroristas. Pero a partir de ahí, y de la necesidad de perseguirlos, es vital entender la urgencia de incrementar la cooperación internacional (aún pendiente) y la necesidad de revisar nuestros esquemas de relación con el mundo islámico.
Por último, sólo cabe imaginar que los terroristas repetirán en algún momento lo realizado en Madrid y Londres. En línea con su estrategia de golpear tanto en países musulmanes (los más castigados hasta ahora) como occidentales, mantienen una apreciable capacidad operativa y tienen su propio calendario. Ojalá no fuera cierto.
Comentarios: director@iecah.org
* Jesús A. Núñez Villaverde - Director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)
Texto para La Clave, 13 de julio de 2005.
|